El Dr. Phillips y la Spizaeta americana

Tenía los dedos largos y blancos y ágiles para su edad. Un día me explicó cómo quitar la piel a una codorníz:


``La toma usted de una pata con dos dedos y le abre el abdomen por donde no tiene plumas..."
``Doctor,''
le interrumpí ``pero si tienen plumas por todas partes.''
``Busque dónde no tiene plumas,''
me dijo. ``Y por ahí comienza a abrirla.''

No iba a discutir conmigo algo que él sabía desde hacía más años de los que tengo yo, -- que ya no son tan pocos -- Aún así me doblaba la edad y media.

``Con el Dr. Phillips se fue uno de los últimos científicos que definieron la ornitología en México,''

me dijo una amiga bióloga. Y al abrir cualquiera de los libros que tratan de aves mexicanas uno encuentra su nombre por ahí, entre los colaboradores o los agradecimientos. Yo no soy ornitólogo, pero escuché por primera vez su nombre hace veinte años, cuando comencé a trabajar para DUMAC, y ya con reverencia como la máxima autoridad en aves.
Dos años atrás finalmente le conocí en persona. Por amistad más que por mis conocimientos me invitaron a formar parte del consejo del recién inaugurado Museo de las Aves de México. Por supuesto, el Dr. Phillips estaba ahí. No esperaba verlo, por su edad, pero vino a cuantas juntas pudo cuando pudo encontrar un ``raid.''

Desarrollamos una cierta afinidad, él y yo. Por principio de cuentas, éramos los primeros en realizar un inventario de las charolitas con dulces que colocaban en la mesa mientras leían el acta de la reunión anterior. Sólo una vez nos sentaron juntos, en competencia sobre el mismo plato. Ese día me mordí la lengua y decidí olvidarme de los dulces, sabiendo que el Dr. Phillips los disfrutaba tanto.

Cuando terminó de cubrirse el orden del día, el plato estaba todavía intacto.

El Dr. Phillips observaba con detenimiento todo lo que ocurría en estas reuniones. Escuchaba con mucha atención todas las opiniones y cuando se aburría porque nos enfrascábamos en una discusión sin mucho mérito, tomaba un dulce relleno, se hundía un poco en su silla, encogía los hombros y se dedicaba a saborearlo sin hablar hasta que aminoraba la tormenta. Entonces decía una o dos frases que nos volvían a encarrilar. Era el decano de los consejeros.

En diciembre del 94 me escuchó quejarme del error ecológico que cometí al enamorarme de alguien de la costa Oeste. Protestaba yo tener que viajar 1,700 kilómetros para celebrar la Navidad con mi familia política.

``Cuando esté en Sinaloa,'' me dijo, ``me gustaría muchísimo saber si hay Spizaeta americana en esa región en esta época del año.''

La Spizaeta americana es un pajarillo como hay muchos. Parece un chilero excepto porque tiene el pecho amarillo y unas listas rojas en las alas. Vuela en parvadas por los sembradíos. Todo eso lo tuve que consultar en mi guía de campo, porque cuando él me habló de ella no tenía idea siquiera de que existía. Hay más de 1,000 especies de aves en México y mi orgullo máximo era distinguir entre una urraca y un cuervo. De ahí en adelante, todas me parecían iguales.
Hasta que me puse a buscar Spizaetas.

Había algo en el Dr. Phillips que me hace pensar en mi chiquilla de un año y medio de edad. Tal vez la forma en que movía los dulces de la charolita con gran delicadeza con su dedo índice, buscando los verdes que más le gustaban. La chispa de su mirada de color océano. El Dr. Phillips usaba lentes para leer, pero lo veía todo con el alma, desde adentro y hacia adentro también. Como un niño de un año y medio de edad, con gran curiosidad por todo.

En una junta a la cual no pudo venir sugerí que trasladáramos las reuniones al primer piso. Me acordaba de la Dra. Allison en el tec, cómo siendo maestra de literatura hispanoamericana tenía su cubículo no en el tercer piso con los demás maestros de humanidades, sino en el primero con los físicos. No quería subir escaleras. Pero otro día el Dr. Phillips me tendió su brazo para subir. Era curioso que siempre prefería apoyarse en alguien que en el barandal, aunque fuese yo.
Y ya arriba, luego de los cincuenta escalones, descubrí que su pulso se alteraba menos que el mío con el ejercicio. Ahora que no está él, pienso seguir mi campaña para mudarnos al primer piso, pero para mí.

También le debo al Dr. Phillips mis cercetas de ala verde. Cuando le dije que deseaba cazar una pareja, me recomendó, ``aléjese de las presas, y busque los arroyos. Ahí van a llegar cuando las espanten los demás cazadores.''
Me asombraba de él que no le asombraran las computadoras. En una junta decidí apantallar al consejo mostrándoles los avances de la tecnología y de mi proyecto del catálogo electrónico del museo. Pedí prestado el más sofisticado de los equipos y realicé una demostración que dejó a todos boquiabiertos.


Menos al Dr. Phillips, quien durante mi plática se comió dos dulces verdes.

Después, me tomó del brazo para bajar. Y a media escalera me dijo, ``ninguna máquina, por poderosa que sea, sustituye el trabajo de campo. Hay que observar con detalle, para aprender. Se necesita mucha paciencia con los pajaritos y mucha ca-be-za -- y enfatizó la palabra deteniéndose en uno de los escalones, soltándome y pegándose con la palma de la mano en la frente -- para aprender un poco de lo que tienen que enseñarnos. La computadora no le va a dar los conocimientos. Búsquelos en el cielo, en las ramas de los mezquites...''

Lo único que pude darle al Dr. Phillips fue un par de codornices. ``Cuando vaya de cacería,'' me dijo, ``búsqueme unas cuantas Callipela squamata. Tengo un amigo en California que está estudiando algo de ellas en esta región, en estas fechas.'' Y procedió a enseñarme cómo quitarles las pieles. Luego me indicó que para conservarlas no había ``nada mejor que el arsénico.''

Pensé en el peligro. Inmediatamente vino a mi mente el nombre de Agatha Christie y pensé que tener ese veneno en mi casa me daría demasiada tentación de acabar con mis viajes anuales a la costa Oeste. Obivamente, habiendo llegado a los noventa años de edad, el Dr. Phillips sabía manejarlo. Decidí mandarle las Callipeplas congeladas.

Cinco o seis veces vi al Dr. Phillips. Pero tocó mi vida tanto como mis mejores maestros.
Cuando era niño, un amigo de mis papás quería venderles una motocicleta para mí y los invitó a cenar. A su regreso yo estaba acostado, pero por supuesto, despierto. ``¿Qué horas son?'' le pregunté a papá. Recuerdo que vino y se sentó en mi cama. ``Mira, hijo, te conozco bien y ya sé que no quieres saber qué horas son. Quieres saber qué pasó con la moto,'' me dijo.

La última vez que vi al Dr. Phillips, en noviembre del año pasado, se acercó a mí después de la junta y me preguntó, ``¿va a ir a la costa este año, a ver a su suegra?''

``No, doctor,''
le respondí. ``Voy a buscar Spizaetas.''

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© 1996, Sergio E. Avilés/Museo de las Aves de México
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