
Tenía los dedos largos y blancos y ágiles
para su edad. Un día me explicó cómo quitar la piel
a una codorníz:
No iba a discutir conmigo algo que él sabía desde hacía más años de los que tengo yo, -- que ya no son tan pocos -- Aún así me doblaba la edad y media.

me dijo una amiga bióloga. Y al abrir cualquiera de los libros
que tratan de aves mexicanas uno encuentra su nombre por ahí, entre
los colaboradores o los agradecimientos. Yo no soy ornitólogo, pero
escuché por primera vez su nombre hace veinte años, cuando
comencé a trabajar para DUMAC, y ya con reverencia como la máxima
autoridad en aves.
Dos años atrás finalmente le conocí en persona. Por
amistad más que por mis conocimientos me invitaron a formar parte
del consejo del recién inaugurado Museo de las Aves de México.
Por supuesto, el Dr. Phillips estaba ahí. No esperaba verlo, por
su edad, pero vino a cuantas juntas pudo cuando pudo encontrar un ``raid.''
Desarrollamos una cierta afinidad, él y yo. Por principio de cuentas,
éramos los primeros en realizar un inventario de las charolitas con
dulces que colocaban en la mesa mientras leían el acta de la reunión
anterior. Sólo una vez nos sentaron juntos, en competencia sobre
el mismo plato. Ese día me mordí la lengua y decidí
olvidarme de los dulces, sabiendo que el Dr. Phillips los disfrutaba tanto.
Cuando terminó de cubrirse el orden del día, el plato estaba
todavía intacto.
En diciembre del 94 me escuchó quejarme del error ecológico que cometí al enamorarme de alguien de la costa Oeste. Protestaba yo tener que viajar 1,700 kilómetros para celebrar la Navidad con mi familia política.
La Spizaeta americana es un pajarillo
como hay muchos. Parece un chilero excepto porque tiene el pecho amarillo
y unas listas rojas en las alas. Vuela en parvadas por los sembradíos.
Todo eso lo tuve que consultar en mi guía de campo, porque cuando
él me habló de ella no tenía idea siquiera de que existía.
Hay más de 1,000 especies de aves en México y mi orgullo máximo
era distinguir entre una urraca y un cuervo. De ahí en adelante,
todas me parecían iguales.
Hasta que me puse a buscar Spizaetas.
Había algo en el Dr. Phillips que me hace pensar en mi chiquilla
de un año y medio de edad. Tal vez la forma en que movía los
dulces de la charolita con gran delicadeza con su dedo índice, buscando
los verdes que más le gustaban. La chispa de su mirada de color océano.
El Dr. Phillips usaba lentes para leer, pero lo veía todo con el
alma, desde adentro y hacia adentro también. Como un niño
de un año y medio de edad, con gran curiosidad por todo.
En una junta a la cual no pudo venir sugerí que
trasladáramos las reuniones al primer piso. Me acordaba de la Dra.
Allison en el tec, cómo siendo maestra de literatura hispanoamericana
tenía su cubículo no en el tercer piso con los demás
maestros de humanidades, sino en el primero con los físicos. No quería
subir escaleras. Pero otro día el Dr. Phillips me tendió su
brazo para subir. Era curioso que siempre prefería apoyarse en alguien
que en el barandal, aunque fuese yo.
Y ya arriba, luego de los cincuenta escalones, descubrí que su
pulso se alteraba menos que el mío con el ejercicio. Ahora que no
está él, pienso seguir mi campaña para mudarnos al
primer piso, pero para mí.
También le debo al Dr. Phillips mis cercetas de ala verde. Cuando
le dije que deseaba cazar una pareja, me recomendó, ``aléjese
de las presas, y busque los arroyos. Ahí van a llegar cuando las
espanten los demás cazadores.''
Me asombraba de él que no le asombraran las computadoras. En una
junta decidí apantallar al consejo mostrándoles los avances
de la tecnología y de mi proyecto del catálogo electrónico
del museo. Pedí prestado el más sofisticado de los equipos
y realicé una demostración que dejó a todos boquiabiertos.

Menos al Dr. Phillips, quien durante mi plática se comió dos
dulces verdes.
Lo único que pude darle al Dr. Phillips fue un par de codornices.
``Cuando vaya de cacería,'' me dijo, ``búsqueme
unas cuantas Callipela squamata. Tengo un amigo en California
que está estudiando algo de ellas en esta región, en estas
fechas.'' Y procedió a enseñarme cómo quitarles
las pieles. Luego me indicó que para conservarlas no había
``nada mejor que el arsénico.''
Pensé en el peligro. Inmediatamente vino a mi mente el nombre
de Agatha Christie y pensé que tener ese veneno en mi casa me daría
demasiada tentación de acabar con mis viajes anuales a la costa Oeste.
Obivamente, habiendo llegado a los noventa años de edad, el Dr. Phillips
sabía manejarlo. Decidí mandarle las Callipeplas congeladas.
Cinco o seis veces vi al Dr. Phillips. Pero tocó mi vida tanto
como mis mejores maestros.
Cuando era niño, un amigo de mis papás quería venderles
una motocicleta para mí y los invitó a cenar. A su regreso
yo estaba acostado, pero por supuesto, despierto. ``¿Qué
horas son?'' le pregunté a papá. Recuerdo que vino
y se sentó en mi cama. ``Mira, hijo, te conozco bien y ya sé
que no quieres saber qué horas son. Quieres saber qué pasó
con la moto,'' me dijo.
