Man boobs

 

Sergio E. Avilés

Pasados ambos de los 50 años, mi compadre me confesó muy angustiado su preocupación porque le estaba creciendo uno de sus senos.

Caímos en una rutina, en que durante meses a la hora del café diario él me reportaba casi al borde de las lágrimas el desarrollo de su problema y yo le respondía en forma escueta, inútilmente animándolo a que fuera a ver al doctor, francamente más que interesado por su salud tratando de desterrar de mi mente las imágenes que él me describía.

No me quería hacer caso. Un día me decía que le dolía bajo el brazo. Al otro día, que la sombra que proyectaba rebasaba ya el ancho de los azulejos de su baño. Después, que ya no podía tapar la tetilla con una moneda de $10 pesos, mientras que la otra con $2 tenía. Luego, que ya usaba el celular en la bolsa izquierda de su camisa porque le daba miedo que en la derecha se le doblara como iPhone 6. O que ya se le notaba cierta caída, que no podía usar camisetas.

En plena negación de que algo andaba mal me decía que afortunadamente no se sentía bolitas. Cierta vez le puse en la bolsa unos M&Ms — de color rosa — para ver si así se lanzaba a ver al médico, pero me descubrió y desde ese entonces comenzó a andar como Napoleón, con la mano metida dentro del saco.

Un día llegó al restaurante muy contento. Pensé que habría visto al médico pero no. Todo seguía igual. Me dijo que había comparado su imagen en el espejo con la de una de las fotos filtradas de no sé que celebridad desnuda y que él tenía más buena “boobie,” aunque fuera solo una. Ya no le parecía tan triste su situación. No era malo tener una que pudiera palpar a gusto 24/7/365 sin pedir permiso, sin reclamos de por medio ni necesidad de ofrecer sobornos o sufrir chantajes de su mujer o de alguna novia.

Incluso se compró tres brassieres y se le quitó el miedo de que su señora fuera a encontrarle uno en el coche por accidente. Tenía la excusa perfecta: eran suyos. Esto lo encontré ciertamente ventajoso para mí también. Si a mí me encontraban uno podría decir que era de mi compadre.

Pero no le dije nada y seguí insistiendo. “Compadre, vaya a ver al doctor, que a los hombres también nos da cáncer de mama.”

“No mames.”

“De veras, compadrito. No es exclusivo de las viejas.”

Y se metía la mano dentro del saco. Ahí abajo la veía moverse como un alien bajo la piel en película de ciencia ficción, mientras con la otra sostenía la taza de la cual daba pequeños sorbos a su café, al que, en curiosa asociación de ideas, dejó de ponerle leche.

Yo comencé a perder el sueño. Si a mi compadre le daba cáncer y lo perdía, ¿a quién le iba a gorrear el café todos los días? Tenía urgentemente que discurrir como convencerlo de que fuera con el doctor.

Finalmente lo logré. Inadvertidamente pude hacerlo. Y sin palabras. Con una sola mirada.

“¡Órale, compadrito, ¿qué me ve?”

Lo miré extrañado.

“No la chingue, compadre, mis ojos están acá arriba. ¡Acá, cabrón! — me dijo señalándose con los dedos índices y anular como si intentara picarse los ojos.

Yo no supe qué decir ni qué había hecho, pero él discretamente se abotonó la camisa hasta el cuello y me ordenó, “mándeme un Whatsapp con el contacto del radiólogo.”

A la siguiente semana mi compadre volvió a ser el mismo de antes: gran bebedor y gourmet tan descarado como un T-rex debió serlo. Alegre, dicharachero y mujeriego. A todas les coqueteaba, especialmente a las de tetas grandes. Dejó de meterse la mano bajo el saco y no volvió a mencionarme sus senos en casi tres años, hasta una tarde de otoño fresca y clara en que, mirando al cielo con la barbilla reposando sobre una de sus manos cuyo codo estaba sobre la mesa, bajó la vista, me miró a los ojos y me lo contó todo…

“Me metieron a un cuartito donde debía desnudarme de la cintura para arriba y ponerme una batita de hospital pero al revés; ésta se abría del frente. Estaba helado ahí adentro así es que luego luego se me pusieron tiesas, compadre” — y volvió a tocarse el pecho, como para decirme de qué hablaba. Yo asentí, clavando concienzudamente la vista en la espuma de mi café.

“La enfermera, — muy linda, por cierto — (y ahora se tocó el pecho con las dos manos, sonriendo) tomó un balincito de acero, lo puso sobre un cachito de cinta adhesiva y me lo pegó sobre el pezón. Luego el otro.

“Nombre, compadre. Me sentí como Lady Gaga en ‘Machete kills.’ Ya ve que traía una bra de fierro que disparaba balas, compadre.

“Yo pensé que me pondrían contra la pared como cuando me hicieron la radiografía de mis pulmones, pero no. Ahora me metieron a una sala donde había un tubo como esos de los bares topless, pero con unas paletas y, ¿qué cree que era, compadre?”

No se esperó a que contestara, sabiendo que nunca iba a adivinar lo que me diría.

“¡Una máquina de aplaudir!

“Las paletas, como del tamaño de un iPad, giraban en todas direcciones y subían y bajaban controladas desde una salita oscura donde solo podía ver los dientes de la enfermera brillando bajo una tenue luz negra. Me pareció una sonrisa malévola, pero no estaba seguro aún…

“Hasta que me pescó, compadre. Me agarró la chiche entre las paletas y la apretó hasta donde la dejó el balincito de fierro, pero le juro que hasta ése comenzó a aplastarse. Y no solo eso, sino que me pidió que echara el hombro opuesto hacia atrás y pusiera la mano tras de mis nalgas, mientras subía la otra mano por arriba de mi cabeza. Como el dolor del apachurre me tenía ya de puntitas, pues me veía como un hipopótamos bailando ballet, compadre, ¿Sabe cómo?

“Después me cambió de lado y le apretó aún más duro… Si hasta me las emparejó, compadre. Yo nomás le di una ayudadita después con la máquina de las tortillas que mi mujer ya ni usa, pero la idea fue de ellos. ¡Mire! — me dijo con orgullo, sacando el pecho — ¡Parejitas las dos!

“Y no tenía nada, compadre… sí, me dio un poco de tristeza cuando vi las fotos en 2D, acostumbrado ya a traerlas con cierto volumen. Pero el tejido: parejito y marmoleado como un sirloin. Hasta me sentí orgulloso de mis man-boobs.”

Me miró con tal intensidad abajo del cuello que me puso un poquito incómodo.

“Usted también debía pichonearse un poco las chiches, compadre. Sería muy pendejo morirse de una enfermedad que avisa.”

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